"La maternidad no es un destino ineludible para las mujeres"

(25-7-18 - Por María José Corvalán) En la actualidad, para la Justicia argentina el aborto esta prohibido, salvo las excepciones previstas en el artículo 86 del Código Penal. El movimiento de mujeres hace 13 años formó la Campaña Nacional por el aborto legal seguro y gratuito para insistir en la legalización de la práctica y este año logró que se tratara en el Congreso. Sin embargo, la mayoría de los argumentos expuesto a favor de la norma son brindados por expertas/os de otras provincias. En esta columna se brindarán opiniones de personas del ámbito local para conocer por qué creen que debe modificarse la legislación vigente.


Hoy opina Lily Manini, Licenciada en Trabajo Social, presidente de ADEM en la Campaña Nacional por el Aborto Legal Seguro y Gratuito. 

"A partir del siglo VII a los confesores se les instruyo para preguntar acerca del control natal, en especial a las mujeres. También recibieron instrucciones acerca de las penitencias por el sexo oral, posiciones no misioneras, abortos, sexo anal, bestialidad y acerca de todo lo imaginable en relación al sexo.

Con las mujeres las jerarquías de la iglesia solían ser más severas. Así se decretó que ninguna mujer puede beber una poción que le impida concebir, y cada vez que lo haga será considerada responsable de todos esos crímenes. Esta prohibición también se relacionó con la persecución de la iglesia de mujeres que aún conservaban parte de su poder espiritual como sacerdotisas y curanderas, ya que antes ellas transmitían de generación en generación los herbarios y conocimientos contraceptivos.

Es especialmente revelador que aún cuando la iglesia se haya pronunciado con respecto a todo lo relacionado con el sexo haya mantenido un notorio silencio en cuanto a la esclavitud sexual de la mujer. Por ejemplo, en el tiempo de las Cruzadas, con el uso de los cinturones de castidad, que les provocaban llagas y terribles infecciones.

Negar a las mujeres el libre acceso a la contracepción y aborto (otra forma de esclavitud sexual) es algo que ha caracterizado históricamente a los regímenes políticamente represivos. 

Nazismo, comunismo en algunas épocas y peronismo.
Los hombres, que encabezan siempre las poderosas jerarquias religiosas del mundo, en vez de presionar a los líderes mundiales para que responsabilicen plenamente a los hombres por las violaciones, gastan sus abundantes recursos en tratar de impedir que mujeres y hombres cometan los pecados de anticoncepción y aborto. La respuesta del papa Juan Pablo II a las violaciones masivas de mujeres en Bosnia no fué para respaldar a quienes hoy trabajan para que se reconozcan como crímenes de guerra, sino para rogar que las mujeres violadas no recurrieran al aborto. 

Poderosos líderes religiosos como el papa tampoco han hecho nada para apoyar la igualdad de la mujer, aunque los expertos señalan que la única forma de reducir el aborto es emancipando a las mujeres, educándolas y permitiéndoles opciones más alla de la maternidad. Muy por el contrario el Vaticano sigue considerando contracepción y feminismo como maldades entrelazadas. La única vida que importa y obsesiona al movimiento antiplanificaciòn familiar es la vida antes del nacimiento y después de la muerte. El aborto, obviamente, es cosa del Diablo, un crimen, un «asesinato», un hecho para el que «no hay palabras».

La máxima personalidad de la Cristiandad occidental fue Agustín de Hipona, un teólogo del siglo IV, quien reformó radicalmente la visión cristiana del sexo. Agustín argumentaba que el deseo sexual -lujuria- había animado a Adán a aceptar la propuesta de Eva de probar la fruta prohibida del Árbol de la Sabiduría. Así fue asociado por primera vez el deseo sexual con los orígenes del pecado.

Su manera de pensar fue quizás responsable del extenso legado de confusión y ansiedad frente al sexo en la Iglesia occidental.

La alianza declarada por San Agustín entre el sexo y el pecado dejó a muchos cristianos con una sensación de vergüenza ante el deseo sexual y el acto de saciarlo. La opinión de San Agustín sobre asuntos sexuales unificó a los cristianos por más de mil años, y sigue teniendo influencia en muchos sectores de la iglesia hasta el día de hoy. Sin embargo, en la Alemania del siglo XVI ocurrió algo que desafió radicalmente el vínculo entre el sexo y el pecado original.

Lutero, con su familia: predicando con el ejemplo.
A partir de 1517, Martín Lutero, el instigador de la Reforma Protestante, rechazó las enseñanzas de Agustín que el sexo era pecaminoso. Al contrario, declaró que el sexo entre un hombre y una mujer era un regalo de Dios 
(mientras estuviera confinado al matrimonio).

Muchas veces fueron precisamente las grandes religiones las que convirtieron la función sexual de la mujer en sospechosa y le arrebataron su función como servidora de la divinidad: en el mazdeísmo persa, en el brahmanismo, en la religión hebrea, en el Islam y, por supuesto, en el cristianismo, que perfeccionó el antifeminismo hasta el más pérfido de los extremos, intensificándolo hasta casi lo insoportable, más que cualquier otra religión misógina, cosa que los teólogos protestantes admiten pero que los católicos han negado y siguen negando en la 
actualidad. Las tres divinidades del cristianismo pasan por ser masculinas y su simbolismo teológico está dominado por la idea de lo masculino. 

En 1919, Benedicto XV se pronunció en favor del voto femenino, pero sólo porque creía, con razón, que las mujeres eran conservadoras y clericales. En lo demás, el clero se siguió mostrando contrario a su emancipación, siguió exigiéndoles sumisión y la necesaria 
«desigualdad y jerarquía»: «Las Sagradas Escrituras ponen especial cuidado en advertirnos de dos de las peores ocasiones de pecado: 'el vino y las mujeres'». Se dice expresamente que «hay que rechazar las aspiraciones de esas feministas (en su mayor parte, de inspiración socialista) cuyas pretensiones van encaminadas a un creciente equilibrio entre hombre y mujer». Para ello se remite a la vieja tradición de Efesios 5, 23; «el hombre es cabeza de la familia». 

El parto también ensucia. Además de a las menstruantes y a las embarazadas, la Iglesia también consideró impuras a las 
parturientas y a veces incluso a quienes ayudaban en el parto. La comadrona, cuya posición en la Antigüedad «pagana» era muy elevada, fue uno de los oficios más indignos y despreciados en casi todo el Occidente cristiano. Una importante ordenación eclesiástica del siglo III prohibía participar «en los misterios» a todos aquellos que hubieran asistido a un parto; por cierto la prohibición se hacía extensiva a veinte días si el recién nacido era niño, y a cuarenta si era niña. 

El período de purificación para la madre duraba veinte días tras el nacimiento de un hijo y ochenta tras el de una hija. A finales del siglo V algunos sacerdotes se negaban a bautizar a las parturientas moribundas si no había transcurrido el plazo de purificación. Y en el siglo XI todavía se castigaba a cualquier mujer que pisara una iglesia durante ese tiempo. 

Fue a mediados del siglo XII cuando el clero permitió el acceso a la iglesia, al menos teóricamente, a las mujeres que acababan de dar a luz. No obstante, en la práctica estas mujeres no abandonaban la casa hasta treinta o cuarenta días después del parto, no sin antes hacerse «bendecir» a fin de obtener el perdón por el placer que habían disfrutado («¡mi madre me concibió en el pecado!»)... y no sin pagar antes las «entregas», unos óbolos por los que a menudo disputaban párrocos y frailes, que solían ser mayores en los partos extramatrimoniales y que en algunos lugares eran graduados según el pecado cometido. 
Cuando la mujer deja de ser mujer:

Sobre todo, se sigue coaccionando a las mujeres más sugestionables para que eviten toda práctica anticonceptiva. «Si es el hombre el que recurre a ellas, la mujer debe ofrecerle una seria resistencia, negarse y defenderse durante todo el tiempo y por todos los medios que pueda; en todas las ocasiones, la mujer debe hacer todo lo posible para evitar este tipo de relación sexual y sólo la permitirá obligada por un acto de fuerza real que no pueda impedir aunque lo intente». Esto claramente constituye una violación.

De esta forma, la mujer debe convencer al marido que quiera poner impedimentos a la concepción. Al mismo tiempo, se provoca el temor a los medios anticonceptivos,  presentándolos como causa de infecciones, incluso de cáncer, soltando toda una sarta de 
mentiras: «la totalidad del sistema circulatorio funciona con dificultad; el sistema nervioso, que debería relajarse, queda colapsado, y el hombre, en lugar de liberarse de su instinto, 
queda esclavizado a él. Pero la mujer deja de ser mujer desde el punto de vista espiritual, se entrega a la sensualidad, su condición materna queda enterrada. Inconscientemente, se mata al alma por medio del cuerpo».

LA PROHIBICIÓN DEL ABORTO

Desde que la humanidad existe hay embarazos no deseados; y tanto los abortos como su 
castigo tienen un origen remoto, como testimonian algunos de los escritos más antiguos. Sin embargo, algunas de las grandes religiones no conocen ninguna prohibición expresa del aborto: el Islam incluso llega a permitir la operación hasta el sexto mes. 

Entre los antiguos griegos y romanos también era normal; Platón y Aristóteles lo defendieron y la sociedad en 
que vivían lo consideraba «bueno»: tal vez ésa fue la razón por la que San Pablo no tocó el problema. 

Desde el siglo II en adelante, la Cabeza de la Iglesia, preocupada por la mayoría del «Pueblo de Dios», ha definido el aborto como un grandísimo crimen. «Toda mujer», enseña San Agustín, «que hace algo para no traer al mundo tantos hijos como podría, es tan culpable de todos esos asesinatos como la que intenta lesionarse después del embarazo». 

Las abortistas eran tratadas como homicidas y según el sínodo de Elvira (306) tenían que someterse el resto de sus vidas a penitencias públicas, que fueron reducidas por sucesivos documentos eclesiásticos a diez años para las culpables y, en algunos casos, veinte años para los cómplices. Una tentativa de aborto era perseguida en la Edad Media como si fuera un asesinato; a veces la interrupción del embarazo debía ser expiada durante doce años y el infanticidio con quince y, en caso de homicidio premeditado de un lactante, la culpable podía acabar sus días internada en un convento. Nada de matar al feto. Nada de abortar.

 "Apoyo el proyecto de Ley IVE pues considero que la maternidad no es un destino ineludible para las mujeres y el Estado nos debe el derecho del respeto a las decisiones que tomemos sobre nuestro propio cuerpo; nuestra conciencia es el limite. Así como no acepto que me impongan creencias ajenas, dejo librado a cada mujer su decisión que le atañe en forma intima, como debe ser en una democracia."
¡Sera Ley!"